¿Se justifica la propaganda o publicidad excesivas de las entidades oficiales que no venden un producto ni tienen competencia en el mercado? ¿Quién controla los pagos, si se dan, de las recompensas ofrecidas por entes estatales luego de un crimen de impacto nacional?

Se volvió “normal” en nuestro país la revelación semanal de un caso de corrupción; asunto que será ocultado a la siguiente con otro y con el transcurso del tiempo se diluyen en la memoria colectiva y sus autores vuelven a la escena pública como si nada hubiese pasado: hoy quién se acuerda de Saludcoop, de REFICAR, de Odebrecht, de Interbolsa, los Planes de Alimentación Escolar (PAE) y otros escandalosos asuntos cuyo perdedor será siempre el país trabajador que con sus impuestos sostiene la voraz burocracia que dispone del presupuesto nacional como su fuente de riqueza. Sin retroceder mucho en el tiempo, el perverso fraude del consorcio Centros Poblados con la venia de la Ministra de las TIC, parece esfumarse con el nuevo escándalo de corrupción protagonizado por un asesor de la Jefe de Gabinete de la Presidencia de la República, María Paula Correa, quien en un tráfico de influencia sin par logró obtener 25 contratos oficiales para su esposa por un valor superior a los $1.200.000.000.oo, sin que la jefe haya siquiera dado la cara a la opinión pública, menos el presidente Duque.
El drenaje de los caudales públicos no se produce sólo por medios explícitos o delictivos como los antes mencionados sino por otros quizás más sutiles y discretos pero no por ello menos nocivos para la nación. Pienso en el oneroso gasto que representa para tesoro nacional la excesiva publicidad y propaganda de entidades oficiales en medios audiovisuales e impresos del país de sin objetivos claros. Si propaganda es el anuncio con el fin de difundir una idea o una causa, y publicidad es el instrumento para ofrecer un producto, un servicio o una marca ¿se justifica toda la propaganda o publicidad públicas que no venden ni tienen competencia en el mercado? Eso sucede con la Fiscalía General de la Nación, la Contraloría General de la República, la Auditoría General de la República, la Procuraduría General de la Nación, la Registraduría Nacional del Estado Civil y otras entidades cuyas funciones estatales son únicas en sus respectivas áreas de servicio y sus objetivos están descritos en la Constitución Política y la ley. ¿Acaso un ciudadano, por más ignaro que sea, no sabe que su cédula de ciudadanía, por ejemplo, se la expide la Registraduría del Estado Civil y no otra entidad? o ¿que la Fiscalía es la encargada de investigar los delitos y no otra? ¿Un anuncio en la radio, la televisión o la prensa escrita mejora sustancialmente el servicio o aumenta el número de usuarios de las mismas? Insistimos, son organismos únicos, sin par y sin competencia en el país. No hacemos referencia al mensaje institucional que tiene como fin facilitar la comprensión de sus funciones y objetivos o divulgar una campaña específica del organismo que lo emite, como es el caso del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), o el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) y otros organismos públicos. Es evidente también la publicidad de las empresas industriales y comerciales de la nación, departamentos y municipios, puesto que su razón de ser es la venta de un producto en un mercado competido, como las loterías y las fábricas de licores departamentales, mas no es el caso de instituciones que no producen mercancías ni venden servicios, por tanto sin competencia alguna.
Ahora bien, sabemos que la pandemia del coronavirus contrajo la economía nacional y aumentó los gastos para hacerle frente. Razón suficiente para que la austeridad sea la regla, como lo prometió el presidente Duque en campaña –claro, sin cumplir-, y en esta emergencia alguna publicidad oficial sobra y el dinero dedicada a ella estaría mejor situado en la reactivación de la economía. Breve, la crisis derivada de la pandemia es motivo suficiente y poderoso para eliminar todo gasto inane o fatuo en los entes estatales. En nuestra opinión, ese derroche presupuestal constituye, en cierto modo, un fraude más a las arcas de la nación pues las merman y son recursos que imposibilitan políticas y programas urgentes y necesarios: como más vivienda de interés social, la ampliación de la cobertura de la educación pública y la salud, la construcción y rehabilitación de carreteras terciarias y otras tantas necesidades que continúan sin solventarse por los gobiernos nacionales, regionales y locales. Es hora de poner freno a la contratación pública que obedece más al pago de favores políticos que a necesidades del servicio.
Si de verdad las autoridades gubernamentales quiere bien informar y sensibilizar a la ciudadanía sobre la razón de ser del Estado y la función pública deberían introducir en los programas escolares de primaria y secundaria una materia transversal sobre nociones básicas pero fundamentales de las instituciones y funciones del Estado, para que el futuro ciudadano comprenda cuáles son sus derechos y deberes y su relación con aquel. Antaño la educación cívica y urbanismo cumplían con este objetivo. De ser así la Registraduría del Estado Civil no tendría el pretexto para contratar una agencia publicitaria para que le cree un anuncio publicitario como el actual: “La Registraduría del Siglo XXI”, o que la Fiscalía pague por una propaganda con el objetivo de enseñarle al ciudadano que denuncie cuando sea víctima de un delito pero llevando las pruebas del acto delictuoso.

Los contratos de publicidad son uno más de los medios para esquilmar el presupuesto nacional, regional y local, pero hay otros como las nóminas paralelas –contratos de prestación de servicios- y otros. Llamo la atención sobre una política que si bien no es reciente -ya se aplicaba en la Violencia (1948-1964)-, hoy ha tomado una dimensión no cuantificable por la opacidad con que se maneja: las recompensas para informantes que ayuden a capturar a autores de delitos graves y de gran impacto nacional. En efecto, siempre que estalla una bomba, se comete un crimen contra personas relevantes de la vida nacional, o las víctimas son miembros de la fuerza pública –cuerpos castrenses y policía nacional- lo primero que hace el presidente, o el ministro de la defensa, o el gobernador, o el director de la Policía Nacional, es convocar un consejo de seguridad en el lugar del suceso y lanzar el monto de la recompensa para dar con el paradero de los responsables del crimen. Aquí es necesario precisar que unas son las recompensas civiles y otras las que ofrecen las entidades castrenses y de policía. Estas últimas, según entiendo, provienen de fondos reservados, desconociéndose su monto y control; lo que sí conocemos es que se alimentan con los impuestos de todos los contribuyentes.

Las recompensas no son de poca monta, o sí, cuando se trata de un crimen contra un líder social, defensor de derechos humanos: la recompensa oscila en estos casos por lo general entre 20 y 30 millones de pesos, pero sí la víctima es una autoridad, un militar o un policía el Mindefensa, o el comandante del arma afectada, o el director de la Policía, ofrece recompensas que superan muchas veces los 100 millones de pesos y pueden llegar hasta los 2.000 y 3.000 millones de pesos. ¿Quién controla estos pagos, si se dan, cada vez que ocurre un crimen de impacto nacional? ¿Si se pagan esas recompensas quién certifica que se entregaron a los informantes? Preguntas válidas como quiera que se ha ventilado en la opinión pública que algunas de estas recompensas se han hecho efectivas pero los beneficiarios no han sido los terceros informantes sino algunos miembros de la fuerza pública, o que al beneficiario se les entrega una suma inferior a la establecida pero se les hace firmar por el monto acordado. ¿La Contraloría General de la República, como máximo ente de control fiscal del Estado, puede legalmente hacerlo? ¿Lo ha hecho? ¿Si lo ha hecho ha hecho público los resultados? Los casos más recientes y relevantes, en donde luego del ofrecimiento de recompensa se han capturado a presuntos autores están el caso atentado al presidente de la República en el aeropuerto de Cúcuta y la captura de Otoniel, jefe máximo del Clan del Golfo.
Estos asuntos no tendrían mayor impacto para el tesoro público si fuesen esporádicos, pero no, no hay semana que no estemos frente a un nuevo acto delictivo y el consiguiente ofrecimiento de una generosa recompensa, por lo que se deduce que el fondo o fondos destinados a esta clase de compensación por servicios a la patria debe o deben ser robusto(s). Bien valdría la pena se le diera un mínimo de transparencia a un asunto de no poco valor que hoy se maneja con total opacidad.
Este es el año para empezar a suturar estas y otras venas rotas del erario nacional: ¡Usted decide!
Hasta la próxima,
Tolimeo
Enero de 2022
N.B. Hablando de publicidad, causa cierta congoja escuchar anuncios publicitarios de universidades privadas patrocinando secciones de noticieros de radio y televisión, como cualquier otra empresa industrial y comercial ofreciendo rebajas en matrículas y otras gabelas educativas. Antaño, el prestigio de una universidad la daba la calidad de su educación, tal parece que no es el caso hoy en día.










